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La Agenda 2030 y el Gran Reinicio: la verdad más allá del miedo al COVID-19

Una conspiración se caracteriza por el silencio. Es decir, que son muy pocos que la saben, y cuya meta central es derribar un poder establecido. Pues en el caso del COVID-19 es todo lo contrario

Llevamos cerca de año y medio con la pandemia del COVID-19. Y es más que evidente —o por lo menos debería serlo— que no se trata de un tema exclusivamente médico, sino de un gran experimento de biopolítica a escala mundial donde la salud es el más pequeño de los componentes.

Ello es debido a que los que miran al mundo como a una maqueta (reunidos en el Foro de DAVOS 2021 y en la ONU) tuvieron con la pandemia la oportunidad de avanzar en su programa de conformar un big brother a nivel global.

Por ejemplo, La agenda 2030 de la ONU y The great reset propuesto por el Foro económico de DAVOS no constituyen unos planes para mejorar la vida y la sostenibilidad del planeta, sino que pretenden ser unos proyectos de redención humana por parte del poder político.

En verdad, el lema de DAVOS: «En 2030, serás feliz y no tendrás nada», es una declaración de guerra contra nuestras libertades políticas, económicas y sociales. Recordemos la censura en redes sociales que sufren las opiniones conservadoras (ni Donald Trump se salvó). Además, se está haciendo todo lo posible para que los inversionistas privados no ingresen a las criptomonedas, menos al mercado del oro. Ni hablar de temas educativos, ya que todas las iniciativas discurren en la dirección de sacar a los padres y a la familia de la educación de los hijos, para que éstos sean criados por los Estados quienes a su vez responden a agencias educativas de la ONU.

Puesto que muchos dirán que lo aquí expuesto no pasa de ser una teoría de la conspiración. Es muy necesario aclarar algo.

Una conspiración se caracteriza por el silencio. Es decir, que son muy pocos que la saben, y cuya meta central es derribar un poder establecido. Pues en el caso del COVID-19 es todo lo contrario.

Primero, que desde el inicio de la pandemia se buscó deslindar a China, aunque en Wuhan se encuentra el banco de virus más grande del mundo, de cualquier tipo de responsabilidad. Por ejemplo, la sola mención de Virus chino era considerada racista y xenófoba.

Segundo, la Organización de las Naciones Unidas aprovechó la coyuntura para impulsar el aborto en los países subdesarrollados. Un hecho denunciado por John Barsa mediante una carta enviada al Secretario General de la ONU y Martha Cecilia Villafuerte, directora de Ecuador Por La Familia.

Tercero, la insistencia machacona en cambiar los comportamientos humanos. En efecto, estamos siguiendo las tendencias que marcan los influencers (algo que ya describió el psicólogo Harold D. Lasswell a mediados del siglo 20).

En realidad, hasta la percepción del luto fue cambiada, pues mucha gente repite aquello de: si tu familiar no falleció de COVID-19, no conoces el verdadero dolor. Un total sinsentido, ya que toda muerte de un ser querido, y no importa la causa, es un proceso traumático para quienes la vivimos.

Finalmente, el silenciamiento sistemático y violento a periodistas, médicos y, en general, a cualquiera que cuestione el uso obligatorio de los barbijos, las cuarentenas y las estadísticas presentadas por la Organización Mundial de la Salud.

Por citar un caso, en días pasados, y por decisión de los proveedores de hosting, se tuvo que cancelar el evento titulado COVID-19 y el gran reseteo (con 35 mil inscritos alrededor del mundo). Penosamente, hasta la RAE se sumó al juego totalitario, ya que acaba de introducir en el diccionario el término covidiota. Si señores, estamos volviendo a los tiempos de las psikhushkas soviéticas, donde pensar por uno mismo puede ser patologizado.

Pero no todo está perdido. Porque como diría Winston (personaje ficticio de la novela 1984 de George Orwell): «Mientras exista memoria del pasado habrá esperanza».

Esa es la tarea que nos toca a quienes creemos que nuestras naciones deben mantenerse independientes del globalismo, que defendemos la soberanía de la familia, y que amamos la libertad. Porque bajo el eslogan de Nueva normalidad intentan borrar tradiciones, sentimientos y afectos. Una empresa peligrosísima, ya que los intentos de alcanzar mundos perfectos siempre terminan en infiernos sangrientos.

Fuente Hugo Marcelo Balderrama – Panampost.com

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