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La cristiandad contra el progresismo: católicos y protestantes luchando unidos (Opinión)

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La unidad de líderes políticos católicos y protestantes ya es un hecho: Trump, presidente 45 de los Estados Unidos, es presbiteriano; Bolsonaro -presidente de Brasil- es católico, pero su esposa es evangélica y él mismo fue bautizado en el Jordán por el pastor Everaldo Dias Pereira

Hace unos días organizamos un debate en la Agencia Católica de Noticias (ACN, de México), entre varios liderazgos que pertenecen a la feligresía ya sea del catolicismo, como de expresiones cristianas (no católicas), reformados o evangélicos, en torno a la unidad que debemos construir ante el adversario común que es el progresismo -y el socialismo- a nivel hemisférico.

En México como en casi el resto de Hispanoamérica, el catolicismo es mayoritario, pero ha venido sufriendo una caída porcentual en sus filas, y el protestantismo es minoritario, pero registra un incremento. En México hay un 77% de católicos y un 11% de protestantes.

Sin embargo, para unos u otros, la religión es algo fundamental, y define muchas de sus decisiones. Un estudio de Pew Research, think tank basado en Washington DC, muestra la importancia de la religión en los cristianos en general alrededor del mundo.

Por ejemplo, en Estados Unidos, un 68% de la población cristiana reconoce que la religión es muy relevante en su vida. En México, un 48%; igual que en Chile y Argentina; en Colombia, un 80%, igual que en Ecuador; en Honduras un 94%, en Brasil, un 77%.

En Europa, España 30%, Francia 12%, Rusia 16%. En Sudáfrica, 79%, y en Nigeria 82%. Por algo se dice que la esperanza de la cristiandad está en América y en África.

Por desgracia hay puristas, cabezas duras, gente hiperdogmática de ambos lados que rechazan a la otra expresión. Para ellos ha de ser más importante que los enemigos hundan nuestro barco común, antes que darnos la mano y organizar la defensa de la cristiandad entera en la que vivimos juntos.

Hay algunos católicos que rechazan ciertas prácticas del protestantismo, basadas sobre todo en que aman a la Virgen María y le tienen cariño a los santos, cuyas vidas han sido ejemplares, mientras los evangélicos ven esto como “idolatría”. Hay además de las diferencias teológicas, enfoques económicos y sociales no coincidentes.
Acaso uno de los mayores problemas es cuando ciertos católicos señalan al protestantismo como uno de los principales causantes de la actual debacle de Occidente, al hacerlo corresponsable de la secularización, de la Modernidad, de los excesos del capitalismo, y de distraer a la gente del catolicismo, desde hace siglos.

Algunos líderes protestantes no se quedan callados y señalan los lamentables casos de pederastas dentro de las jerarquías católicas, así como ciertas actitudes cuestionables de algunos Papas, de antes y más recientes, además de mostrar su oposición al celibato, y al uso de imágenes para representar a Dios.

Mientras estas y otras muchas disquisiciones suceden entre algunos católicos y algunos protestantes, nuestra barca está siendo bombardeada masivamente por el progresismo globalista.

¿Qué ataca el progresismo? Ataca la fe, la vida desde la concepción y hasta la muerte natural, ataca la familia natural, la heterosexualidad, la propiedad privada, ataca a las clases medias, ataca la educación privada, y la tutela de los padres sobre sus hijos, ataca la noción de patria, ataca los derechos humanos, y la libertad de expresión, de opinión, de reunión, ataca la legítima defensa.

El progresismo impone un régimen totalitario, que quiere la dominación del Estado sobre cada individuo, que busca que éste, carezca de información, que sólo tenga acceso a entretenimiento, que se acobarde y viva aterrorizado. E impulsa la cultura de la cancelación y la destrucción de la democracia. Métodos de control clásicos de dictaduras disfrazadas de democracias.

Pese a las diferencias naturales entre católicos y evangélicos, hay más puntos de unión que de distanciamiento. En primer lugar, la fe en Dios, en Cristo, nos hermana. El Evangelio nos une. Finalmente, hoy en día, todos juntos conformamos la Cristiandad.

Desunirnos es un grave riesgo, porque entonces algunos sectores de la Iglesia Católica podrían ponerse del lado de las izquierdas -como lamentablemente ya ha pasado con los seguidores de la destructiva Teología de la Liberación, esa mezcla insufrible y contra-natura de catolicismo y marxismo-, como también, sectores del protestantismo pudieran apoyar al socialismo, como ha sucedido en México, con un partido político que perdió ya su registro, pero que respaldó a AMLO en 2018.

En Brasil fue tal durante décadas la cercanía de ciertas secciones de la Iglesia Católica con la teología de la liberación (finalmente son brasileños varios de sus autores, como Leonardo Boff), que los candidatos de derecha se vieron obligados a buscar el respaldo de otras expresiones, como la de los evangélicos, que a la postre llevaron a la presidencia a Jair Bolsonaro, quedando fuera Lula da Silva y sus alumnos.

A estas alturas del siglo XXI, debería ya haber quedado claro que el verdadero enemigo de todos los cristianos sin distinción es el progresismo, y es el socialismo, por ser sistemas políticos que persiguen a la fe, e intentan demoler nuestras instituciones.

Gustavo Petro engañó en campaña a sus electores, presentándose como un “católico” que asiste a los templos, que le reza a la Virgen (incluso se tomó fotos y las posteó) y, algo muy negativo, fue recibido por el Papa Francisco, aún cuando el colombiano ya era candidato a la presidencia, con lo que creaba disparidad política.

Pero Petro y su vicepresidenta sostienen una agenda totalmente anticristiana: promueven el aborto, la “redistribución” de la riqueza -que no es sino un robo de dinero y bienes a quienes sí producen, para regalarlo a los simpatizantes de su gobierno para que lo apoyen-; sus fanáticos encapuchados de la Primera Línea han irrumpido en Catedral, y ahora quieren legalizar de alguna manera las drogas (como si no existiera relación entre éstas y las guerrillas narcas).

En Estados Unidos, Joe Biden se dice “católico”, pero promueve como nadie el aborto, arguyendo que se trata de un “derecho” de la mujer, y no escatima recursos públicos en financiar clínicas aborteras. Quieren el voto católico, pero al mismo tiempo atacan lo que defiende la cristiandad: la vida desde la concepción.

Toda la “revolución woke” que va de la mano al Partido Demócrata en Estados Unidos es la izquierda radical, el maoísmo estadounidense, buscando sustituir nuestras bases cristianas por la ideología de género, por el supremacismo feminista, el LGBT, el negro y el eco-animalista.

Si hacemos un breve mapeo continental (y más allá), la unidad de líderes políticos católicos y protestantes ya es un hecho: Trump, presidente 45 de los Estados Unidos, es presbiteriano; Bolsonaro -presidente de Brasil- es católico, pero su esposa es evangélica y él mismo fue bautizado en el Jordán por el pastor Everaldo Dias Pereira; José Antonio Kast -quien fuera candidato a la presidencia por Chile-, es católico; Santiago Abascal -líder de Vox en España- es católico; Viktor Orbán -primer ministro de Hungría- es calvinista; Mateusz Morawiecki -primer ministro de Polonia- es católico.

El voto basado en los fundamentos de la religión cada día se ha hecho más importante en la medida en que la gente ha tomado conciencia de que tales fundamentos están siendo atacados por el progre-globalismo, y por el socialismo, todas, expresiones del marxismo posmoderno.

Pero la unidad de católicos y protestantes en general es indispensable para salvar a Occidente, y esto debe ser enmarcado en una lucha estructural, cultural, que abarque el frente educativo, legislativo, jurídico, financiero, familiar, artístico, y no sólo pensada en términos electorales y cortoplacistas.

El antiguo “ecumenismo” puede ser aplicado en el contexto cultural, como unidad en la lucha. En este contexto específico, no debería apuntar a que las expresiones protestantes “regresen” al tronco católico, ya que ese propósito y discusión se debe dar en términos únicamente teológicos, no de “guerra cultural” contra el progresismo, que es lo que aquí nos ocupa. Así, nuestro “ecumenismo” es sólo cultural. Dejamos el ecumenismo teológico… a los líderes religiosos y a los teólogos.

No nos dividamos. Permanezcamos unidos. Suscribamos entonces los siete puntos de la defensa de Occidente planteados por la Contrarrevolución Cultural: la defensa de la fe, de la vida, de la familia, de la propiedad privada, de la patria, de las libertades y de los derechos universales. La defensa de todo lo que somos está muy por encima de nuestras diferencias naturales.

Fuente: Raul Tortolero – Panampost.com

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