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Aileen Getty, heredera del magnate del petróleo, «se enorgullece» de subvencionar «activistas climáticos involucrados en la desobediencia civil».

Los ricos también lloran pero por cosas distintas de las que conmovieron a sus padres, abuelos o bisabuelos. Si desde hace 100 años las grandes fortunas del mundo occidental han destinado fondos a los sintecho, a la investigación científica o al apartheid, en estos tiempos los pobres niños ricos aman el helecho y miden la huella de carbono. Si sus abuelos apostaban por un futuro próspero, por la producción de tecnologías que beneficiaran a cuanta más gente mejor, confiaban en el poderío de la humanidad, los herederos son catastrofistas. La construcción da paso a la destrucción.

Desde el pasado mes de mayo hemos visto una serie de ataques a obras de arte de primer orden (Da Vinci, Van Gogh, Picasso, Monet, Botticelli, Vermeer) ejecutados en clave post verdad —todo es relato, no hay apenas daño real— por chavales y otros más talluditos que protestan contra el uso de los combustibles fósiles y alertan de un cambio climático letal.

Estampan comida contra el cristal que protege la obra (puré de tomate, de patata, tartas) y como cénit se untan las manos con pegamento para adherirse a la pared o al propio vidrio. Nótese en este punto que al menos los de Greenpeace se jugaban la vida asaltando enormes cargueros y los manifestantes anti-cumbres de la ONU —vándalos— echaban unas carreras delante de los antidisturbios. Son tiempos en los que mancharse las manos por las causas de moda es… literal. Los climáticos de hoy son de otra pasta.

Hablando de pasta, ¿quién paga todo esto? ¿Creen que los moñas que perpetran estos actos pertenecen a una tribu urbana y quedan por redes sociales o son los típicos alumnos de la facultad de políticas? Ni mucho menos.

La clave está en la pasta

Las sagas multimillonarias de EEUU financian con decenas de millones de dólares y organizan a los llamados activistas «disruptores». Seguro que les suenan estos apellidos: Rockefeller, Kennedy, Getty o Disney estarían detrás de los ataques a los museos en Europa.

Dos herederos Rockefeller

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Rebecca Rockefeller

Rebecca Rockefeller y Peter Gill Case, tataranietos del magnate del petróleo John D. Rockefeller (1839-1937). Estos primos son the Team de Equation Campaign, nacida en 2020 contra las industrias del gas y el petróleo. Descendientes que sienten «una obligación moral» de paliar «el daño de sus antepasados». La institución, según se ha publicado, cuenta con 30 millones de dólares para la próxima década. En su web sitúan la presencia en los medios como segunda preferencia tras la captación de fondos. Rebecca se presenta como Master en Medio Ambiente y Recursos Naturales con especialización en políticas climáticas y energéticas, y trabaja para la protección de la democracia y el avance de la justicia económica para las mujeres. Él, Peter, es un arquitecto de edificios sostenibles. Equation Campaign recibe a su vez dinero de la Fundación de Aileen Getty.

La familia Getty, pioneros del oro negro

Aileen Getty es nieta de otro rey del petróleo, Paul Getty (1892-1976). Coleccionista de arte y antigüedades, tiene su propio museo, el J. Paul Getty en California. Aileen, de 65 años, lo ha vivido casi todo: el secuestro de un hermano por la mafia calabresa —le devolvieron sin una oreja porque su abuelo se negó a pagar, «tengo catorce nietos. Si pago un rescate, tendré catorce nietos secuestrados», declaró—, matrimonios tormentosos (con un hijo de Elizabeth Taylor), adicción a las drogas, el sida… Parece que la lucha ecologista ha resultado ser la mejor terapia.

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Aileen Getty

Es la cabeza de Just Stop Oil y directora del Fondo de Emergencia Climática (CEF), una organización de multimillonarios estadounidenses. Fundada hace tres años ha financiado 39 grupos de activistas «disruptivos» porque «es la ruta más rápida hacia un cambio transformador. Estamos fuera de tiempo «.

Getty en The Guardian, podemos decir, reivindicó los atentados artísticos:

«Me enorgullece proporcionar fondos al Fondo de Emergencia Climática, que a su vez otorga subvenciones a activistas climáticos involucrados en la desobediencia civil legal no violenta, incluido Just Stop Oil«.

Como el resto de herederos del petróleo afirma: «No estoy pensando en el pasado. Busco construir un futuro mejor». Según ese diario británico, Just Stop Oil también ha recibido dinero de Dale Vince, fundador de la empresa de energía verde Ecotricity.

La fortuna de la familia Getty podría superar los 20.000 millones de dólares. Por cierto, su padre, John Paul Getty Jr donó más de 140 millones de libras esterlinas a causas artísticas y culturales, en concreto, a la National Gallery, donde su organización atacó una de las versiones de «Los Girasoles» de Van Gogh, 50 millones de libras.

Rory Kennedy y Trevor Neilson, hombre de Bill Gates

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Rory Kennedy

Rory Kennedy es la undécima y última hija del senador Robert Kennedy. Documentalista. Ha declarado en alguna ocasión que la lucha social le viene de cuna porque su madre, Ethel, se manifestó contra el apartheid. Como decimos, son otros tiempos. Es cofundadora del Fondo de Emergencia Climática.

Del mismo equipo es Trevor Neilson, fundador de WasteFuel, compañía de combustibles «limpios» a partir de basura reciclada. En su currículum figura que «trabajó en la oficina familiar de Bill y Melinda Gates y es miembro fundador que creó y lanzó la Fundación Bill & Melinda Gates«. También «sirvió en la Casa Blanca durante la administración Clinton».

El Fondo al que donan los tres habría creado casi 100 organizaciones y entrenado a 22.000 activistas medioambientales en Europa, Estados Unidos y Canadá. Sólo en 2022 ha recaudado 4 millones de dólares. Por supuesto, lleva la cuenta de los titulares en los medios de comunicación: cinco mil este año.

‘No mires arriba’, el director de cine más generoso

El CEF anunció con grandes titulares que «la donación más grande de su historia» la hizo el pasado 30 de septiembre Adam McKay, director de la película Don’t Look Up de Netflix. Una sátira sobre la llegada de un meteorito protagonizada por Leonardo Di Caprio, estrella de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático en 2021. McKay ha pasado a ser de la junta directiva y le agradecen que «está proporcionando un liderazgo moral visionario» y que «su donación permitirá que el Fondo continúe apoyando las protestas de acción disruptiva», es decir, más ataques a las obras de arte en una «escalada este otoño».

Abigail Disney, la más progre

Y como el dinero llama al dinero, a raíz de la donación de McKay se animó con doscientos mil dólares Abigail Disneynieta del hermano de Walt Disney, Roy Oliver Disney (1893-1971), cofundador del gran imperio del entretenimiento.

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Abigail Disney

La productora declaró: «Las generaciones pasadas nos han fallado, y ahora depende de nosotros tomar medidas rápidas para evitar un desastre climático. No tenemos tiempo que perder». Su fortuna se estima en 120 millones de dólares.

Se define como una «intelectual fastidiosa». Sobre su familia cree que su padre «perdió el rumbo de su vida» cuando fue lo bastante rico como para tener «un jet privado». Está a favor de que los ricos paguen más impuestos y denuncia la brecha salarial entre los empleados de los parques Disney y sus directivos. En una entrevista en Los Angeles Times contó que cuando iba a la Universidad de Columbia pedía a los taxistas que la dejaran a varias manzanas del campus «por temor a que la percibieran como una malcriada». De Donald Trump dijo: «¿Mentalmente trastornado? Comprobado».

Las matracas wokes son cosa de ricos, que se lo pueden permitir. Las élites llevan así muchos años. Al Gore, punta de lanza de la causa a principios de los años 2000, ha multiplicado por cincuenta su fortuna gracias a las batallas verdes. Antes, en 1992, el dictador Fidel Castro en una cumbre sobre el clima en la Asamblea General de las Naciones Unidas se permitió el lujo de denunciar:

«Una importante especie biológica está en riesgo de desaparecer por la rápida y progresiva liquidación de sus condiciones naturales de vida, el hombre».

No hablaba del comunismo sino de «las sociedades de consumo» culpables de la «destrucción atroz del medio ambiente». Una falacia que compran, lamentablemente, los herederos de países libres.

Nuestro único consuelo es que el mundo según todos ellos se acaba en 2030. Ya nos queda poco. No hay mal que por bien no venga.

Fuente mundo

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